PAPEL LITERARIO

La eterna primavera de Aquiles junto al mar

Alfredo Saínz Blanco (*)

 

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Por lo menos con uno de sus versos no estoy de acuerdo: "cuantos más años pasan soy más viejo". Su obra, vital y adolescente, refuta la anterior aseveración. Y más recientemente, el libro de Ildemaro Torres: Aquiles Nazoa: inventor de mariposas, (Fondo Editorial Fundarte, Alcaldía de Caracas) bella edición en gran formato complementada con la bibliografía activa y una excelente recopilación iconográfica.

El título es una expresión de Mariano Picón-Salas que define de una pincelada lo que de otra forma obligaría a numerosos folios. El tropo, a la vez, anuncia una característica definitoria del texto: está escrito en consonancia con la belleza, en un estilo ameno, de lectura siempre placentera. El Dr. Torres -amigo de Nazoa y conocer de su obra- no es un espectador: ensaya desde dentro del corpus poético, y fundamenta su exposición con la palabra diamantina del poeta amigo. Las abundantes citas y poemas -a veces necesariamente fragmentados- pueden brindar la ayuda de una antología comentada, en la que no faltan anécdotas y chispazos de humana proximidad que contribuyen a perfilar, íntegramente, la imagen múltiple.

El destino de este ensayo biográfico es la eterna primavera de Aquiles Nazoa. La primavera del hombre que, como el casi invulnerable hijo de la diosa Tetis, lloró junto al mar, un mar que es mucho más que "El cementerio marino" o el "Monumento al mar". Lo de la primavera no es retórica. Casi toda su obra transcurre -discurre- en una mocedad real. Y digo casi porque existe la excepción -minoritaria por cierto- de sus textos de matiz político, en algunos casos de valor documental. La política es una praxis circunstancial, en general de raudo envejecimiento, pero el paneo por esta esfera del ideario de Nazoa es útil: revela sus preocupaciones sociales, sus desvelos partidistas (en algunos casos objeto de manipulaciones distorsionantes por parte de terceros) y en definitiva demuestra su virtuosismo moral en un área tan contaminada.

Nazoa es un gran poeta. De refinado lirismo y gran sentido del humor. Pero, ante todo, su cosmovisión es la de un poeta. Vio y explicó el mundo con la lucidez, la belleza y la aprehensión que sólo brinda la pupila de la poesía. Por eso su humor es popular sin ser vulgar, es ingenioso y elevado y siempre sincero porque él era así, porque de él fluía ese arroyo con naturalidad, sin recalentamiento ni pretensiones vanidosas. En "Poema cochinesco" afirmó con risueño desenfado: "Y no espero del destino / sino la modesta gloria / de haber pasado a la historia / como el cantor del cochino".

"La historia de un caballo que era bien bonito" es una composición intermedia entre sus obras más populares, como la anterior, y las de mayor inspiración lírica. En la composición, que según confiesa Torres tiene su génesis en un cuadro de Claudio Castillo, están presentes una delicada dosis de humor, una alta cuota de fabulación y un cometa delirante: su fantasía, o mejor: su desenfrenada imaginación infantil. El conjunto de armónico empaste llega al lector a través de una evidente línea narrativa, la que ha hecho a muchos calificar este poema en prosa como un cuento. En la pieza -como en casi toda su obra- se funden recursos propios de las dos grandes tendencias de la poesía: el prosaísmo y la llamada "imagen insólita" (Paz) para obtener resultados excepcionales. Hay sustantivos cerreros que su poder de mágico vestuarista viste de gala y los presenta en el salón y a la guardería: "como consecuencia de aquella alimentación lo que el caballo echaba por el culito eran rosas".

Es uno de los creadores más originales de la contemporaneidad, un humorista "muy serio" y uno de los líricos de mayor estatura. Esta última cualidad es consecuencia de su especial sensibilidad, del profundo conocimiento de la poesía y del dominio de esa exigente ciencia que es la métrica.

(*) Escritor

Para María Laprea


Cuando yo digo el nombre de María, que para mí es la voz del agua clara, es como si a los campos me asomara con la mano de un niño entre la mía.

Porque su nombre es campo en lejanía con mastranteros de fragante vara y ella en las manos lleva y en la cara los olores suavísimos del día.

Así pues fue el amor, sencillamente, quien su nombre inscribió sobre mi frente con cinco letras de melancolía.

Y no es su voz sino el amor quien canta como espiga sonora en mi garganta cuando yo digo el nombre de María.

 

Aquiles Nazoa

 

EL NACIONAL - DOMINGO 11 DE JULIO DE 1999

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