EL NACIONAL - SÁBADO 03 DE AGOSTO DE 2002

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Aquiles Nazoa

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Tomada de Aquiles Nazoa. Inventor de mariposas, de Ildemaro Torres (Fundarte, 1998).Fotos Archivo

Aquiles Nazoa fue cronista, crítico y cultor amoroso de la historia, además de dramaturgo, arquitecto, periodista, poeta y músico

 

 

¿Qué probabilidad real existe, entre mil y un millón, de conseguir un poeta venezolano (sanjuanero, nacido en El Guarataro) a la vez humorista, dramaturgo, arquitecto, periodista y músico? ¿Qué posibilidad hay de toparse simultáneamente con un hombre risueño a la vez cronista, crítico y cultor amoroso de la historia? Aunque parezca producto de la invención, Aquiles Nazoa reunió todas estas virtudes –y otras que de seguro se escapan– en la nutrida experiencia de sus 56 años.
Autodidacta y en muchos sentidos precoz, el conocedor de la Vida privada de las muñecas de trapo (uno de sus libros emblemáticos) comenzó a trabajar a los 12 años. En ese tiempo fue aprendiz de carpintería, telefonista y botones del Hotel Majestic, hasta el día de 1935 en que fue contratado por El Universal como empaquetador, archivista de clichés, tipógrafo, corrector de pruebas y, confluencia lógica, como autor del espacio fijo “Por la misma calle”. Bajo el seudónimo de Lancero (como autografiaba la columna “A punta de lanza”), desparramó sus primeros versos en la mancha de Últimas Noticias. Y, página a página, complementó su formación con una travesía que contemplaba El Morrocoy Azul y El Nacional.
Pero cuando se pregunta por su faceta más recordada, vuelven a la mente las 400 charlas de Las Cosas Más Sencillas, el programa que –gracias a la iniciativa de Pedro Francisco Lizardo– lo mantuvo frente a las cámaras de la Televisora Nacional, canal 5, entre 1968 y 1975 (un año antes de su fallecimiento). Desde aquel espacio dominical (tal como lo expresa Héctor Mujica en el prólogo que inicia las Obras completas), el peregrino infatigable solía destacarse igual por su sabiduría que por su sensibilidad, los temas costumbristas y las disertaciones sencillas: “Caraqueño por los cuatros costados, nadie amó tanto a su ciudad natal como él. Nadie la sufrió tanto como su corazón enfermo por tanta depredación, tanta rotura, destrucción tanta (...). Su historia de Caracas no es la de un profesional de la historia, sino la historia íntima escrita por un poeta que sabía de la historia de su ciudad (...). La diferencia entre un historiador profesional y Aquiles Nazoa es que éste no sólo leyó los libros del cronista, sino que anduvo a pie por todos los sitios y lugares que la crónica reseña”. Era precisamente ese conocimiento (y el universo de perinolas decoradas, muñecas, fotos antiguas, patines, libros, sandalias hindúes, jaulas vacías y piedras pintadas), lo que convertía aquellos ratos televisados en el máximo anecdotario oral.

Por accidente, la tarde del 25 de abril de 1976 Aquiles Nazoa perdió la vida al chocar su Volkswagen azul contra una gandola. El infortunio ocurrió en una recta del kilómetro 74 de la autopista regional del centro, entre Tejerías y La Victoria, muy cerca del sitio donde ya había fallecido (en otro accidente de tránsito) el torero César Girón.

 

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